AUTOR: JOSÉ RAFAEL LANTIGUA.

Juancito Rodríguez amasó una gran fortuna en tiempos difíciles, sembrando y cosechando en un campo de La Vega, y todo cuanto entró a sus faltriqueras, producto del trabajo dedicado, el empeño de cada amanecer y la satisfacción que brotaba cuando caía la noche y llegaba la hora del descanso, lo consumió en una larga batalla para vencer las diabólicas veleidades de un tirano usurpador que asaltaba las haciendas de los prósperos con la misma fiereza y con la misma ruindad con la que extinguía reputaciones o quitaba la vida a sus contrarios.



Había nacido en Estancia Nueva, Moca, en 1886, con el nombre de Simón Rodríguez García, pero a los veinte años, huérfano de padre y padeciendo los rigores de la escasez junto a su madre y ocho hermanos, partió hacia Barranca, La Vega, gracias a un préstamo ligero de su hermano Doroteo y al aliciente de otros parientes. Ya entonces era conocido simplemente como Juancito.

Con un laboreo que no conoció de treguas ni reposos, fue adquiriendo tierras en la medida en que progresaban sus cosechas, hasta llegar a crear fundos agrícolas y ganaderos de alto nivel. Sus tierras no las podía cubrir la vista, escuchaba decir a mi madre siendo yo muy pequeño, aunque nunca supe si ella las vio alguna vez. Juancito era ya una leyenda de la que todos hablaban y cuya hacienda tenía justa fama desde que yo tuve algún poco de razón, por lo menos para recordar luego todo lo que de él se contaba. Tenía 12 mil tareas sembradas de cacao, 4 mil de plátanos, una cuadra de caballos de paso fino que era la mejor del país, producía 250 mil unidades semanales de plátanos y enviaba a la capital un millón de unidades al mes, criaba gallos de calidad para regalarlos a los amigos, y en la crianza de ganado vacuno llegó a poseer más de 10 mil cabezas, a más de cerdos y gallinas. Su hacienda estuvo considerada en su momento como la mejor del Caribe.

Se metió a político, un poco inspirado en su hermano Doroteo que era el de la familia quien gustaba más del oficio, y llegó a ser senador y diputado, aunque no puso en el congreso el tesón que le sobraba en su labor como agricultor y ganadero, por lo que pronto se sintió en la necesidad de pedir que le dejaran vivir exclusivamente en sus predios, junto a sus fieles peones y colaboradores, muchos de los cuales siguieron acompañándole en el recuerdo y otros que alcanzarían la muerte cuando la saña criminosa del dictador mutiló la fortuna, quebró la heredad y robó los predios con la saña irreductible del que sólo tuvo agallas para el abigeo y el timo.

Entonces, a Juancito le llegó la hora de ser político a tiempo completo. No conocería, en lo adelante, otra necesidad que no fuese la de que el país se desprendiera de la dictadura acosadora que no respetaba a hombres honestos, y que mucho menos permitía logros individuales que molestaran sus delirios de grandeza. Luego de vender gran parte de su ganado y de cargar con unos buenos pesos, se fue del país al finalizar enero de 1946, alegando que iba a chequearse con un dentista a Puerto Rico. Se estableció en La Habana. Por donde pasaba, iba diseminando ayuda para la lucha contra Trujillo, hasta que en Cuba se unió al exilio, amistándose con los dominicanos que habían tenido que guarecerse en la mayor de las Antillas para huir de la furia del tirano. Juancito vería escapar toda su fortuna económica patrocinando dos expediciones armadas a República Dominicana que fracasaron por diversos motivos. Y vio desfallecer su fortuna familiar cuando apoyó a su hijo José Horacio para que se enrolara en la expedición de junio de 1959, donde este perdió la vida en hora temprana. Las tres acciones guerrilleras contra Trujillo fueron traicionadas, como la primera que financió Juancito, la de Cayo Confite, en 1947, a un año de su llegada a Cuba; la de Luperón, dos años después, en 1949, que también financió, donde apenas un primer grupo pudo arribar al país y otros dos no llegaron al objetivo; y la de 1959 que, como relata Anselmo Brache, pareció ser bloqueada desde su salida de Cuba por un barquero cizañudo y ramplón.

Con los fracasos de Cayo Confite y Luperón, ya Juancito Rodríguez había perdido todo cuanto logró acumular en sus años de trabajo en Barranca. Su familia había quedado allí, sin conocimiento de su destino y de sus afanes, acompañada de los trabajadores fieles, entre los que se encontraba Viejo Noble, a quien conocí porque vivía cerca de mi hogar en Moca y era amigo de mi madre, hombre de nobleza comprobada que guardó hasta su larga vejez como herencia para los suyos. Trujillo les arrancó toda la riqueza, mató a varios de sus peones, apresó a los familiares, y a las hijas las desterró a Moca, Higüey y La Vega, logrando que nunca más volvieran a verse. Todo se perdió en la lucha contra Trujillo. José Horacio partiría a Cuba, alegando que iba en busca de su padre para aplacar al Generalísimo. Se fue a trabajar a Venezuela, volvió a Mil Cumbres y desde allí regresó en junio de 1959. Porfirio Rubirosa se adueñaría de la finca de Barranca, alardeando en el extranjero de ser el poseedor de las mejores siembras de cacao del Caribe. ¡Malandrín de copete! Mientras tanto, Trujillo utilizaba a sus alabarderos y cronistas –algunos hoy con calles largas que “honran” sus nombres- para dañar la reputación de Juancito y echar abajo el trabajo que hizo con sus propias manos y con sus hacendosas formas.

Pucha Rodríguez, su hija, quien es la que nos cuenta la historia por primera vez, libraba en el país una lucha desigual contra los esbirros que la perseguían y la obligaban a la soledad y al hastío. Solo un hombre, entre muchos, Antonio de la Maza, entonces gobernador de Moca, le brindaba ayuda, aliento y orientación, a sabiendas de que tanto ella, como él, eran víctimas de un régimen que ahogaba sus vitalidades. Pucha recibía, además, el respaldo –que ella también buscaba- de los jóvenes de la resistencia: Máximo López Molina, Virgilio Díaz Grullón, Chichí Puig, Cristóbal Gómez Yangüela, Bienvenido Brens, Maricusa Ornes, Mena Blonda, Salvador Reyes Valdez, Juan Doucudray y la poeta Carmen Natalia. Finalmente, a causa de una decisión norteamericana, Pucha Rodríguez logró salir hacia La Habana en 1950, acompañada –nada más y nada menos- que de Félix W. Bernardino. Así volvió a ver a su padre y comprobar la pobreza en que vivía, donde hasta el café y la pasta de dientes tenía que racionarse. Juancito, con 64 años, era entonces un hombre desguarnecido de haberes, sin dinero para sustentar su vida y la de su lucha contra Trujillo. Pasaba los días escuchando radio a ver si le llegaba alguna luz que iluminara su camino de desterrado. El colmo de la maldad vino cuando Trujillo, para completar su obra, mandó a incendiar la casa de Barranca, el símbolo de las propiedades de Juancito. El 19 de noviembre de 1960, habiendo perdido todo, poco más de un año después de haber perdido también a su primogénito, lo vieron caer vencido para no levantarse ya. No pudo esperar seis meses más para ver, al fin, muerto al tirano y el fin de su Era malvada, en la emboscada que encabezó aquel que recomendaba a Pucha hasta que no saliera al balcón de su casa para protegerla. Tenía 74 años de edad.

Las memorias de Pucha Rodríguez, reproducidas, ordenadas y conducidas narrativamente por Jeanne Marion-Landais, nos internan, por primera vez, en el conocimiento de la verdadera historia de este gran patriota que, desde hace rato, debió ser considerado un héroe nacional. ¿Cuál otro entregó toda su fortuna y la vida de su hijo primero, con el fin de derrocar la dictadura? ¿Cuál otro sufrió tanto escarnio y dolor, hasta morir en la pobreza, a cambio de nada? Juancito Rodríguez es, hasta hoy, una leyenda olvidada. Jeanne Marion y Pucha Rodríguez, esta última fallecida en 2013, construyeron unas memorias reveladoras, con la historia fiel de todo lo acontecido, que permiten rehacer la vida y la lucha de este contribuyente, como el que más, al fin de la dictadura.

Juancito Rodríguez y su hija Pucha, héroe y heroína de la resistencia antitrujillista, están enterrados en el cementerio municipal de su nativa Moca. ¿Alguna vez se ha ido allí a rendir los honores que sus memorias merecen?

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